paz

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Llega la Navidad

 

Me fijo en mí alrededor

y veo la Navidad que está llegando,

y me entra confusión.

¿En qué se está la Navidad manifestando?

¿En luces que adornan nuestras calles,

representando montañas nevadas?

¿En las gentes cargadas de paquetes,

haciendo compras que son innecesarias?

¿En los que vienen de lejanas tierras,

para pasar las fiestas en familia,

sin más sentido que es la navidad

y la familia debe estar unida?

Que hermoso tener el sentimiento

de gozo, de paz y de contento.

Que Cristo nació allí en Belén

para traernos al mundo sumo bien.

Y vivió en este mundo haciendo bienes,

y dio su vida en rescate en el Calvario,

ocupando en la cruz nuestro lugar,

llevando sobre sí nuestro pecado

¡Como debemos en nuestro pensamiento

acercarnos a Belén como los magos en su tiempo y adorar al niño Dios con más razón

pues vemos hecha nuestra redención!

 

¡Jesús de Nazaret, que maravilla!

El don de Dios venido desde el cielo,

bajando en humildad hasta este suelo

a dar al hombre el eternal consuelo.

 

¡Jesús de Nazaret, que maravilla!

El santo Hijo de Dios al mundo enviado

para morir en una cruz por mi pecado

y darme salvación.

 

                           Tomás Acuña Solla

 

El desafío a creer

Jaime Fernandez

 

El conocido actor Robert Redford, afirmaba en una entrevista a la revista El Semanal: “No creo en los políticos ni en instituciones ni en la industria del cine… Sólo en la naturaleza. Y en el que la diseñó, quien fuera que fuese”

Quizás muchos estaríamos de acuerdo con la primera parte de la frase. Cuando hablamos de “creer” y “confiar”, la mayoría de instituciones, políticos, artistas, etc. no parecen ser los que más credibilidad nos inspiran. Mucha gente se siente decepcionada: confiaron en alguien y ese alguien les defraudó. No importa a veces quién sea, incluso si es uno de nuestros mejores amigos, parece que si se trata de confiar, las personas no hemos ganado mucho en cuanto a fidelidad. Todos fallamos, y todos nos sentimos defraudados.

Sólo hay alguien que jamás nos decepciona y es Dios mismo. Si vivimos sin confiar en Él, perdemos el único “ancla firme” que tiene nuestra vida. Si le damos la espalda a quién más nos ama, jamás tendremos paz en nuestro corazón.

Algunos no se “atreven” a ser tan directos, y prefieren creer en la naturaleza y en quien la diseñó. Claro, a todos nos encanta la vida, lo que vemos, lo que disfrutamos. Todos vivimos admirando el color, la fragancia, los sonidos, los abrazos, la amistad, el cariño… Y cuando no queremos poner “nombre” a nuestro Creador, llegamos a decir que sea quien sea que lo haya hecho tiene que ser admirable.

Mucha gente vive pensando y diciendo “ya tendré tiempo para las cosas de Dios más adelante”. Saben que Él está ahí, pero el desafío a creer es demasiado grande para ellos. Cuando llegan los últimos momentos de la vida, todos quisieran volver atrás para vivir de una manera diferente. Volver a tener fuerzas para creer. Volver al pasado para decidir disfrutar más, amar más, vivir de otra manera.

Todo en la vida depende de aquello en lo que creemos. Si confiamos en otras personas, instituciones, credos, relaciones o incluso verdades científicas, tarde o temprano vamos a sentirnos decepcionados. Todas esas cosas no son malas, pero el problema es que no son perfectas. Nuestro corazón necesita a alguien absolutamente perfecto para confiarle su existencia.

Alguien como el Señor Jesús. Alguien que no nos decepciona nunca. Alguien que creó todo lo que vemos con la punta de sus dedos. Alguien en quien podemos creer y confiar. Para siempre.

El desafío a amar

Jaime FernandezEs muy fácil hablar de amor; todo el mundo lo hace. Otra cosa muy diferente es saber de qué se está hablando. Todos los que habéis visto la película “El indomable Will Hunting” (1997, Dirigida por Gus Van Sant) recordaréis uno de los momentos más impactantes, justo cuando el profesor le dice a Will: “Si te pregunto por el amor, me citarás un soneto, pero nunca has mirado a una mujer y te has sentido vulnerable, ni te has visto reflejado en sus ojos. No has pensado que Dios ha puesto un ángel en la tierra para ti, para que te rescate de los pozos del infierno, ni qué se siente al ser su ángel, al darle tu amor y darlo para siempre y pasar por todas las cosas; por el cáncer. No sabes lo que es dormir en un hospital durante dos meses cogiendo su mano porque los médicos vieron en tus ojos que el horario de visitas no iba contigo. No sabes lo que significa perder a alguien, porque sólo lo sabrás cuando ames a alguien más que a ti mismo. Dudo que te hayas atrevido a amar de ese modo”.

Muchos años antes, en la famosa “Love Story” (1970), basada en un guión del escritor Erich Segal, Oliver, uno de los protagonistas le pregunta a Jenni:

– “¿Cómo puedes hacer eso; conocerme a fondo y seguir queriéndome?”

Jenni responde: “El amor es ciego”. Frase que desde entonces hemos escuchado infinidad de veces en contextos muy diferentes.

Si queremos hablar de amor, tenemos que ir a la fuente del amor. La Biblia dice que Dios es amor, esa es su esencia. En cierta manera, el amor de Dios como Padre, es ciego porque aunque puede ver todo lo que hay dentro de nosotros, nos sigue amando. Nosotros nos parecemos a Dios cuando aprendemos a amar de esa manera. Difícil, pero no imposible.

El verdadero amor lleva siempre consigo parte de sufrimiento y riesgo. Dios nos amó y se entregó por nosotros, y esa entrega llevó implícito el sufrimiento. Al Señor Jesús su amor por nosotros le costó ir voluntariamente a la muerte (¡y muerte de cruz!). Él se “arriesgó” por nosotros, y lo sigue haciendo cada día. El amor perfecto de Dios está revestido de sufrimiento, dolor y “ceguera” porque ninguno de nosotros tiene absolutamente nada que merezca la pena para Él.

Nuestro desafío hoy es amar y sufrir por aquellos a quienes amamos. El desafío es amar y entregarse. El amor sin entrega es sólo palabras bonitas. La entrega sin amor es sólo orgullo disimulado. El desafío para cada uno es amar a nuestra familia, a los amigos, a los que tenemos cerca. Y no sólo amarlos, sino entregarnos por ellos. El desafío es sufrir y arriesgarse por ellos; conocerlos más y seguir amándolos.

Y todavía podemos ir un paso más allá: El desafío que Dios pone delante de nosotros es amar a nuestros enemigos. Él lo hizo por nosotros, y tiene todo el derecho a pedir que nosotros hagamos lo mismo. No podemos ser los mejores “amigos” de quienes nos maldicen, pero sí podemos amarlos. Si podemos bendecirlos en el nombre del Señor. El desafío más grande para cada persona es entregar el corazón a su Creador, y permitir que Él lo llene de amor, de manera que deje de tener límites y se parezca cada día más al del Señor Jesús.